domingo, 23 de septiembre de 2018

2008 Responsabilidades y avances Coco Romero



La Nación
Sección Espectáculos
15 de febrero 2008
Por Coco Romero 
Responsabilidades y avances
Es necesario diferenciar claramente dos fenómenos: una cosa es el carnaval (la fiesta), otra es la murga (participe de la misma). La lectura que se hace en contra -se dice, por ejemplo, que hay demasiados corsos en la ciudad a los que va poca gente o que no ofrecen una estructura adecuada- tiene que ver con el armado del carnaval. Un área del municipio tiene responsabilidad en esto, pero con la desarticulación del carnaval durante la última dictadura militar (decreto 21.329, de 1976) se perdió la gimnasia de la fiesta. Toda fiesta, como tal necesita periodicidad. Por lo tanto, es una materia pendiente el buen armado del festejo. Plantear la distribución en la ciudad, la calidad, el mejoramiento técnico (sonido, buena iluminación), la convocatoria, la articulación con otras áreas (teatro, plástica, danza, circo, música). Creo necesario ampliar lo
escénico. Reinstalar el corso infantil, organizar concursos de máscaras y de disfraces, hacer una convocatoria amplia a propuestas carnavalescas: teatro callejero, humor, varieté, clown, bufón, títeres gigantes, coros, orquestas populares, géneros que hicieron historia en la fiesta del Momo porteño. Se necesita un trabajo más serio de parte de quienes tienen decisión política y responsabilidad sobre el tema. Pero también hay que valorar todo lo que se ha hecho posible gracias a la lucha sin interrupción de las murgas desde finales de la década del ochenta. Hay una evolución muy interesante allí. Y eso ha generado que viejos murguistas, con su vasta experiencia, tengan una conexión con los más jóvenes, generando un ida y vuelta muy bueno. También son importantes los encuentros que cortan la línea histórica de la murga. Porque llega gente ligada al rock como quienes propiciaron los discos Carnaval porteño- que permite la aparición de nuevos trabajos que son absolutamente motivadores y educadores para toda la movida en general. Aunque en esta época del año se junten carnaval y murga, porque están absolutamente asociados, hay que seguir ajustando por ambas partes. Las murgas tienen su espacio y hay que organizarlo. En el caso de la gaditana o montevideana, han crecido a través de concursos. Años anteriores me llamaron para ser jurado una semana antes del inicio del carnaval. Si se trabaja tan cerca de la fecha es difícil tener buen desenlace. Por eso es delicado que por una crítica al carnaval se critique por demás a la murga, que ha sido un movimiento absolutamente genuino en su construcción de civilidad en el espacio político y cultural de la ciudad. Agregaría que las murgas han crecido como espacios de expresión de jóvenes a través del arte. Hay que estar preparados desde las estructuras de la cultura para fomentar esta movilidad, y que dé sus frutos. Si crece en calidad es bueno para todos. Tenemos que seguir formándonos porque el carnaval es una fiesta dinámica. Coco Romero es coordinador del área Circo, Murga y Carnaval del Centro Cultural Rojas (UBA) y autor del libro La murga porteña, historia de un viaje colectivo.


domingo, 9 de septiembre de 2018

2002 Murga y cacerolazo, parientes cercanos -




Murga y cacerolazo, parientes cercanos - Copyright © LA NACION - URL: "https://www.lanacion.com.ar/379703-murga-y-cacerolazo-parientes-cercanos

Entrelíneas. Murga y cacerolazo, parientes cercanos
Por estos días en Buenos Aires se desarrollan protestas que tienen características de performance
10 de Marzo de 2002
Las continuas manifestaciones populares que a diario se desarrollan en distintas ciudades de la Argentina y que rápidamente son calificadas como "cacerolazos", están cargadas de una llamativa teatralidad. La representación espontánea está ganando las calles y es sorprendente. En tiempos en que el teatro callejero casi ha desaparecido, hombres y mujeres, de diversas clases sociales, no tienen ningún prurito en ocupar un espacio público para manifestarse y con teatralidad.

Distintos investigadores norteamericanos dirían que en nuestro país acontecen, continuamente, performances. La mexicana Diana Taylor, por ejemplo, que trabaja en la Universidad de Nueva York, visitó Buenos Aires en mayo de 2000 y declaró a LA NACION: "En este continente hay una gran cantidad de personas que no accede a manifestaciones culturales, pero realizan actos que no puedo nombrar como teatro, aunque tienen mucho de ritual dramático. Hacen performance. La performance -finalizaba- es también un modo de transmitir memoria y sentido de colectividad".

La estudiosa colocaba en un mismo nivel -de por sí, algo muy cuestionable- a los carnavales y los escraches de la agrupación Hijos.

Siguiendo su línea de pensamiento, hoy resulta sencillo calificar de performance los más diversos rituales urbanos de los que participamos los argentinos. Frente a la puerta de Tribunales, un grupo de manifestantes desarrolló su puesta vistiendo trajes de presidiarios, mientras que otros llevaban máscaras con los rostros de Carlos Menem, Cecilia Bolocco y otros políticos argentinos.

Hace unos días, otro grupo de ahorristas entró en un banco de Caballito, crearon un espacio circular en el hall, dentro de él colocaron unos dólares y unas tarjetas de crédito y cacerolearon haciendo una ronda. Los empleados y los clientes, que ya estaban en la institución, observaron ese ritual como hipnotizados espectadores.

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La murga y el candombe también están formando parte de estos actos de protesta. Eran tiempos de Carnaval y tal vez por eso muchos de los códigos de esta festividad se incluyeron en las performances. Por esos días, en Liniers, se hizo "El carnaval del cacerolazo". Allí desfilaron las murgas de rigor y también distintas agrupaciones sindicales o de trabajadores independientes.

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El teatrólogo brasileño Augusto Boal, especialista en técnicas del Teatro del Oprimido, dijo, en la década del 70, cuando regresó Juan Domingo Perón al país, que había visto la murga más impresionante del mundo.

"La Argentina sigue teniendo la murga más grande del mundo -dice hoy Coco Romero, especialista en murgas y coordinador del área Culturas Populares del Centro Cultural Ricardo Rojas-. Murga significa cantar, bailar y decir lo que uno piensa. La murga le rinde devoción al rey de la burla y de la crítica y entonces es natural que la gente se apropie de esos valores".

"Hoy todo es una estética carnavalesca -agrega Romero-. Hay un poco de murga, un poco de candombe, algunos muñecos gigantes, banderas, canto, percusión individual y un poco de tribu. Todos elementos propios del Carnaval. Los ricos y los pobres está en situación de igualdad, la cacerola los ha igualado".

Curiosamente, en las primeras murgas que se desarrollaron en Buenos Aires, en tiempos de la inmigración, los murgueros hacían sonar las tapas de las cacerolas.

Coco Romero explica que la murga se reinstaló, en la década del 80. Los jóvenes comenzaron a disfrutarla y hoy hay aproximadamente 150 agrupaciones oficiales. Es más, la murga dejó de pertenecer exclusivamente a los barrios orilleros para instalarse también en el centro.

"En términos de cultura popular -destaca Coco Romero-, de cultura de la calle, de los cortejos, se despertó un indio que estaba dormido. Toda comunidad danza, hace sus ceremonias, en los carnavales se emborracha. Nosotros no, decíamos "eso lo hacen los brasileños, las culturas del Norte". Ahora descubrimos otra cosa. En la época del radicalismo la gente copaba los espacios públicos para escuchar rock, hoy los toman para discutir y tratar de mejorar el barrio".

"Los padres de esos chicos murgueros -agrega Romero- están haciendo lo mismo que sus hijos. Producen un gran teatro de la calle."

Otro ejemplo válido es la acción que se desarrolló durante la Marcha en Defensa de la Cultura, que se realizó el 28 de noviembre de 2001. Teatristas de todo el país marcharon en Buenos Aires portando ataúdes que luego fueron colocados en las escaleras del Congreso Nacional. Al finalizar la manifestación todos los participantes se tiraron al piso simulando estar muertos, pero luego se levantaron y comenzaron a bailar al ritmo de tambores. La cultura podrá querer enterrarse, pero siempre renace.

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El año pasado, en uno de los eventos especiales organizados en el marco del Festival de Teatro del Mercosur, en Córdoba, el recientemente fallecido director chileno Andrés Pérez Araya decía que extrañaba el teatro callejero que hacía en los años 70.

"En ciertas situaciones, respecto de determinados accionares políticos, siento nostalgia por un tipo de teatro que ya no hacemos, e incluso no sé si tenemos la capacidad de hacer: el callejero. Entonces teníamos una capacidad de reacción rápida, tomábamos la realidad inmediata y hasta nos convertíamos en militantes". Además, que le llamaba la atención que las nuevas generaciones prefirieran los espacios cerrados.

Al respecto, Coco Romero señala que si bien es cierto que estos "espacios carnavaleados podrán analizarse mejor con el paso del tiempo", es indudable que "esto está generando un gran teatro que le pasa por arriba al que está en las salas. Son performances que se desarrollan solas. Nadie las dirige".

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Quien asista en estos días al teatro en Buenos Aires observará que muchos espectáculos están hablando de la realidad inmediata, pero esos discursos resultan muy endebles. La ficción está siendo ampliamente superada por la realidad.

"Antes los grupos hacían teatro desde la autogestión, salían sin ningún tipo de apoyo municipal, nacional, y generaban cosas fuertes, de choque. Hoy esos grupos se han institucionalizado, entonces ya no producen choque", finaliza Romero.

El actor y director Augusto Boal también estuvo el año pasado en la Argentina. Habló sobre las técnicas del Teatro del Oprimido, tema que comenzó a desarrollar, en Brasil, entre las décadas del 50 y el 60 y que luego consolidó en la Argentina, donde trabajó entre 1971 y 1976. Su trabajo es una referencia obligada en sociedades que atraviesan situaciones críticas.

Es lo que Boal llama crisis china : "Los chinos tienen dos ideogramas para significar la palabra crisis. Uno es peligro y el otro, oportunidades. Por lo cual toda crisis es peligro con oportunidades".

Todo esto viene a cuenta porque, indudablemente, el teatro parece ser un referente obligado también en tiempos de conflictos sociales, y no sólo en nuestro país.

Augusto Boal decía en su conferencia: "El teatro del oprimido ocupa su propio espacio, el de la democracia, el espacio en el que la gente puede utilizar el espectáculo, el lenguaje teatral, para discutir sus opresiones, para pensar el pasado, estudiarlo en el presente e inventar su futuro".

Por Carlos Pacheco

domingo, 2 de septiembre de 2018

2003 Entrevista PAG.12 El poder le tiene miedo a la calle


ESPECTACULOS › ENTREVISTA A COCO ROMERO, ESTUDIOSO DEL FENÓMENO DEL CARNAVAL
“El poder le tiene miedo a la calle”

El murguista, que programó en el Rojas un mes de actividades de Carnaval, explica cómo el ingreso de la mujer, el apoyo de la clase media y del rock ayudaron al crecimiento de la murga.
Por Silvina Friera
Más allá de los decretos y prohibiciones que sufrió a lo largo de la historia, el Carnaval y las expresiones artísticas emparentadas con esta fiesta popular resisten cualquier intento de confinarlas a un espacio de expresión periférica. Por el contrario, las murgas, la parte más urbana de este complejo calidoscopio cultural, se multiplicaron, no sólo en la ciudad de Buenos Aires sino en todo el país. Sin embargo, este crecimiento no siempre se traduce en una adecuada reflexión en torno del fenómeno. Coco Romero, coordinador del área “Circo, murga y Carnaval” del Centro Cultural Rojas, decidió programar por primera vez un mes destinado al Carnaval, que comenzó ayer y concluye el próximo 8 de marzo. “Con estas jornadas buscamos demostrar que el Carnaval es un gran firmamento, en el cual la murga es tan sólo una estrella”, dice Romero en la entrevista con Página/12. “Hay un montón de expresiones, como el gaucho disfrazado del padre Madariaga, o el diablito inocente del noroeste argentino, tan válidas y ricas, pero que no son tan conocidas en Buenos Aires”. Todas las actividades se realizarán en el Rojas, Corrientes 2038.
El telón de fondo de este mes destinado al Carnaval es el octavo aniversario de la publicación El corsito, un diario de distribución gratuita que reúne material de divulgación y consulta sobre el Carnaval del país y del mundo. Entre las actividades más destacadas –todas con entrada libre– se presentarán Los Quitapenas, murga nacida hace doce años en el Rojas (formada por veinticinco bailarines, diez cantantes y siete percusionistas), que llevan editados tres discos, y hasta se dieron el gusto de participar en un recital de Divididos. Romero recuerda esa experiencia como una gran ruptura. “Cuando entramos con la murga a Obras, más de cinco mil pibes estaban bailando. En ese momento sentí que algo se quebraba, que había una energía que corría con una fuerza tan grande que rompía todas las barreras sociales”. Romero sostiene que el rock ayudó a difundir la murga. “Lo que contribuyó ‘El tu-ta-tu-ta’, de los Decadentes para desparramar la murga en el país fue tan importante que ninguna tradición oral podría haber funcionado de la misma manera”.
Los Colifatos de la Llanura, de General Villegas, presentarán una versión murguera, tanguera y trágica de la novela Boquitas Pintadas, de Manuel Puig, dirigida por Jesús Pascual. Además, se podrá ver a Culebrón Timbal, el histórico grupo que combina música, poesía, comics y video; Clowns no perecederos (espectáculo dirigido por Cristina Martí) y La fiesta de la comunidad boliviana, entre otros. También se realizarán conferencias, mesas redondas, talleres y seminarios que tendrán como temáticas el Carnaval de Oruro, el diablo en la fiesta, raíces e identidad afroargentina, la experiencia de cirujeo cultural (a cargo de Mauricio Kartún, por su colección “Archivo Mascarita”), los jóvenes, las redes y las murgas, las grandes obras musicales de la historia (“Dos carnavales, el de Schumann y el de Saint-Saëns”), rituales de la fiesta mayor, música de tambores rioplatenses, entre otros temas. “Me hubiera encantado que Pedro Orgambide estuviera con nosotros”, confiesa Romero, que organizó un homenaje para recordar al escritor recientemente fallecido. “Me había encontrado con él para hacerle una entrevista, a propósito de un cuento que él había escrito, ‘La murga’, que se convirtió después en una obra de teatro. Orgambide iba a hablar de los intelectuales y el Carnaval”.
–¿Por qué creció tanto la murga?
–La democracia trajo nuevas instancias organizativas. Nuestro centro cultural es pos democracia. La murga generó un cruce de sectores sociales. Es un fenómeno que incluye elementos que revolucionaron el género, como el ingreso de la mujer y de los sectores medios, y esto provocó una explosión. Al mismo tiempo, los grupos de rock, en mayor o menor medida, le metieron mano a la murga, desde los videos hasta la música propiamentedicha. Esto funcionó como una caja de resonancia en todas partes del país. En cualquier ciudad importante hay murgas, porque la juventud tomó ese espacio como un ámbito propio de crecimiento y expresión. No creo que exista en la Argentina un movimiento tan interesante como el de las murgas que, si bien están fuera del circuito comercial, tienen una participación colectiva muy importante.
–¿Esta participación rompe con las fronteras del barrio?
–Sí, porque la tribu urbana es movediza. El barrio, como el que había en la década del 50, no existe más. Pero para ese imaginario juvenil perdura un barrio inventado. De repente, los pibes viajan una hora para ir a un lugar donde se sienten bien, para generar un espacio que les permita expresarse y con el que se identifican.
–¿Por qué en la Argentina el Carnaval casi siempre estuvo prohibido?
–No sólo aquí. En España, Franco lo prohibió durante cuarenta años. Si sobrevivió fue por la estrategia de muchos grupos que se desplazaron, se acomodaron. El Carnaval de Cádiz pasó a celebrarse con otra fiesta popular a mitad de año y por eso sobrevivió. El poder siempre le tuvo un poco de miedo a la calle. Sin embargo, la sociedad encuentra siempre modos de regular esta censura. El carnaval, como espacio que hereda rituales antiguos, en donde el rey y el esclavo conviven en un mismo terreno, es una idea que a muchos les debe provocar un poco de urticaria.
https://www.pagina12.com.ar/diario/espectaculos/6-16508-2003-02-12.html

2015 Las murgas porteñas vienen marchando

http://www.revistacabal.coop/actualidad/las-murgas-portenas-vienen-marchando

Revista CABAL
Las murgas porteñas vienen marchando
Febrero 2015
Las agrupaciones de distintos barrios preparan sus espectáculos y sus trajes característicos para el carnaval. Entre la tradición popular y la polémica organización oficial. Juventud y desafíos.

En algún lugar de Mataderos, una piba con zapatillas de lona salta sobre la vereda. Revolea su pie sobre el asfalto, al ritmo del bombo y el redoblante. Lo hace durante varias horas, con otros 50 jóvenes que comparten su devoción por el dios Momo. Como ellos, hay centenares de pibes y pibas que cada año se preparan para bailar durante febrero en los corsos de Buenos Aires, en los que participan decenas de murgas porteñas.
Se trata de chicos que cuidan la levita con los colores de su agrupación con tanto o más cariño que la de sus clubes de fútbol; que aprenden a coser lentejuelas solo para hacer los apliques que los distinguen de sus compañeros; que se le animan a los firuletes de colores en las caras, sobre las barbas y a la tafeta (que se arruina con la espuma) en pleno calor de febrero. Pibes que paran en la esquina, porque la murga es un fenómeno barrial, no de calzado importado ni de festivales vendidos por un portal de Internet. Una pasión que, a fuerza de saltos, ensayos y funciones de fin de semana, destroza alegremente zapatillas.


La murga porteña no siempre tiene buena prensa. A diferencia de otros carnavales, cuyo colorido se pondera, cuya trastienda se muestra por televisión, rara vez los pibes humildes de los barrios porteños tienen una cámara que los enaltezca. La única trastienda que la mayoría de la gente ve, son los ensayos en las plazas que muchas murgas hacen a partir de noviembre o diciembre. Pocos advierten el esfuerzo que supone desfilar ordenadamente al entrar al escenario de un corso, o los ensayos necesarios para que los músicos suenen como un verdadero conjunto. Luego, como siempre, hay murgas mejores o peores, que gustan más o menos. La clave, aseguran los que saben, está en otro lado.
Detrás de escena
«Nosotros estamos en pleno ensayo desde octubre, viendo qué vamos a hacer», cuenta Ricardo Talento, director de los reconocidos Descontrolados de Barracas, una de las mejores murgas locales. Pertenecen al Circuito Cultural Barracas, un referente notorio del teatro comunitario argentino, y eso influye notoriamente en su propuesta. «Nuestro proceso creativo depende de qué queremos hablar cada año, nuestra murga toma una temática y la desarrolla», explica el director. «Este carnaval retomaremos un espectáculo de hace seis años: lo estamos modificando, porque hablaba de la xenofobia, el barrio, el miedo a las migraciones y cómo eso se ha ido acentuado. Vamos a ir por ese lado», completa.
Claro que no todos los murgueros están al pie del cañón desde octubre o noviembre. «Uno por laburo o por distintos motivos, tiende a correrse o priorizar otras cosas, pero ya en diciembre empezamos a aparecer todos otra vez», confiesa Pache, como la conocen sus compañeros de los Descontrolados. «Por un lado están los ensayos y por otro el cuidado del traje», explica. «Hay murgas que se lo plantean como identidad, todos tienen levitas súper preparadas y decoradas a las que les prestan muchísima atención. Otras lo dejan librado a la individualidad de cada murguero», agrega.
Los colores se comparten porque identifican al grupo, pero los apliques hablan del murguero. Hay personajes populares (casi siempre hay algún Clemente, una Mafalda), cuadros de fútbol (en la misma murga conviven escudos de equipos rivales) y hasta logos de bandas. «El traje es el espacio donde cada uno pone lo que le gusta, por eso hay mucho amor por la levita propia», define Pache.

Los de Barracas, cuenta Talento, normalmente recién salen en la segunda semana de carnaval, ya con el espectáculo afianzado y con la organización clara. Desde la asunción de Mauricio Macri como jefe de Gobierno porteño, las murgas peleaban cada enero por su calendario. En los últimos años, los corsos se redujeron a una treintena y no hay cronograma sino hasta último momento, pero esa situación parece haberse estabilizado.
Coco Romero, historiador y autoridad indiscutida en el país sobre el fenómeno carnavalero, advierte contra esta costumbre del Gobierno porteño. «Una buena fiesta no se puede organizar sin tiempo. Las cosas acá aparecen, pero para que funcione realmente bien, tienen que tener un tiempo de preparación», señala. «El resultado es que los carnavales de la ciudad no tienen mayor visibilidad, compiten con otros más organizados y estructurados», concluye.
Romero compara la estructura de los corsos porteños con las comparsas de Gualeguaychú, las murgas montevideanas y las megaproducciones de Río de Janeiro, tres espacios cercanos que funcionan muy bien para la industria turística y cultural. «Son fenómenos carnavalescos que han tenido un sistema de concursos importante», señala. Y lamenta que muchas murgas porteñas se queden en su función social, sin reparar en la importancia de sumar una propuesta artística. «A esta altura del partido, alguien canta bien o canta mal», critica. «Si no pasa que premiamos con un cachet importante a un grupo de afuera porque lo hace bien, pero no fomentamos a nuestros jóvenes a que lo hagan correctamente», sostiene. Romero es tajante: dejar las cosas para último momento perjudica la calidad del festival y menosprecia el esfuerzo de miles de jóvenes que se preparan con antelación para –en muchos casos– la única ocasión que tendrán de ser vistos como artistas por sus vecinos.
Cultura de la calle
Por sus características populares, la murga atrae a un montón de jóvenes y niños que rara vez encuentran un lugar en otras expresiones artísticas. Con su sede ubicada a cuadras de barrios carenciados, los Descontrolados suelen recibir a chicos humildes en sus filas. «A nosotros se acerca un sector del barrio que no viene para hacer teatro, un sector que con la murga sí se siente con derecho a participar», comenta Talento. En la murga –que al cabo cruza música, poesía, plástica y danza– muchos descubren otros intereses y luego se incorporan al teatro u otros espacios culturales del barrio.
«El arte sirve para la inclusión social», asegura Pache. «Pero la murga es más accesible, porque es la menos elitista: es una expresión de la calle, nace y se produce ahí. Entonces es mucho más fácil identificarse», dice. Murga, promete a los futuros húsares de Momo, baila cualquiera. «En los talleres uno busca transmitir eso: más allá de la técnica, de que tenemos que buscar un proyecto de calidad, murga podemos hacer todos. No hay casting previo. Y eso es inclusivo».
El murguista también pondera la solidaridad que se genera puertas adentro de cada agrupación. «¿No sabés coser un aplique? Alguien te enseña, te ayuda. Eso surge de la necesidad y de la obligación de compartir espacio con otra persona, de tener un mes al año donde prácticamente convivís entre ensayos y funciones. Hay murgas que incluso tienen la suerte de viajar y conocer otros lugares, eso te lleva a conocer otras realidades y siempre construyendo un proyecto conjunto, que te hace sentir parte de algo. Hoy por hoy, no es algo menor».
Para Romero, en tanto, la murga debe superar su mera función de espacio para desahogar penas y frustraciones. Al cabo, se trata de un hecho artístico. Algo que para él resulta tan claro, no es visto del mismo modo por otros exponentes del sector. De hecho, entre las agrupaciones hay desavenencias y distintas miradas de cómo debe ser una murga y cómo plantearse ante el hecho artístico. «La murga es de los jóvenes, de los pibes que van y ensayan con todas las pilas, más allá de algunos empedernidos», destaca Romero. «Esos jóvenes tienen que encontrar ese interesante lugar creativo. Y ahí hay una responsabilidad muy grande de nosotros, los veteranos, de convertir esa voluntad en un hecho creativo. Si solo es utilizada como contención social, la patinamos. Hay que tender puentes con la expresión: bailar, cantar, escribir».
En sintonía con Romero, Pache admite que la «murga es un espacio de contención y es buenísimo que lo sea, pero no podemos quedarnos en eso. Porque, al mismo tiempo, somos una expresión artística popular y tenemos que estar a la altura», desafía. «Si no vamos a seguir siendo eternamente el género bastardeado, al que nadie le presta atención porque parece que no hay nada bueno para ofrecer», subraya.
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Andrés Valenzuela
Nota reproducción de Acción Digital Nº 1162

1989 Los Caballeros del Caño en la Recoleta





MURGAS EN LA RECOLETA
12 de noviembre 1989 Diario Clarín.
A metros de la Biela, frente al Centro Cultural Ciudad de Buenos Aires, estaba preparado el tablado para el Tercer Encuentro de Murgas, organizado por dicho centro y por el Programa Cultural en barrios. Salía gente de la Iglesia de Nuestra Señora del Pilar cuando un cocker spaniel un doberman se pusieron a ladrar a los bafles: “Los Caballeros del caño”, comandados por Coco Romero - uno de los “expertos” que están convocando al Primer Encuentro de Directores de Murgas y Comparsas, el 1° de diciembre en Alsina 673-, desafiaron a la meteorología. Frente al cartel que anunciaba la muestra de Martín Taylor: entre disciplina y deseo, un flaco tomaba mate de pie llevando el ritmo, una embarazada picoteaba pochoclo y, con el segundo cuplé a cargo de la garúa, un señor mantenía el grabador encendido bajo el paraguas mientras alguien lamentaba que aún no se hubieran formado Pos Pasajeros de Noé, los organizadores decidieron suspender hasta nuevo aviso.
Pudieron frenar a ocho de las nueve murgas restantes: Los Herederos de Palermo ya estaban en camino e hicieron su representación en el hall del Centro de la Recoleta, rodeados por impecables niños de ojos claros, jóvenes posmodernos, heladeros que no quisieron perderse la fiesta y deambulantes varios atraídos por los bombos, en contrapunto con un obrero oculto que obligó al “Turco Schumacher” a escupir el silbato y reclamar “¡Que se calle el del martillo!”.
Fue, apenas, el avance de una e las tantas murgueadas que están volviendo a armarse en estos tiempos entre porteños que no quieren entregar la risa. ♫