domingo, 9 de septiembre de 2018

Murga y cacerolazo, parientes cercanos -

Murga y cacerolazo, parientes cercanos - Copyright © LA NACION - URL: "https://www.lanacion.com.ar/379703-murga-y-cacerolazo-parientes-cercanos

domingo, 2 de septiembre de 2018

ENTREVISTA PAG.12 2003


ESPECTACULOS › ENTREVISTA A COCO ROMERO, ESTUDIOSO DEL FENÓMENO DEL CARNAVAL
“El poder le tiene miedo a la calle”

El murguista, que programó en el Rojas un mes de actividades de Carnaval, explica cómo el ingreso de la mujer, el apoyo de la clase media y del rock ayudaron al crecimiento de la murga.
Por Silvina Friera
Más allá de los decretos y prohibiciones que sufrió a lo largo de la historia, el Carnaval y las expresiones artísticas emparentadas con esta fiesta popular resisten cualquier intento de confinarlas a un espacio de expresión periférica. Por el contrario, las murgas, la parte más urbana de este complejo calidoscopio cultural, se multiplicaron, no sólo en la ciudad de Buenos Aires sino en todo el país. Sin embargo, este crecimiento no siempre se traduce en una adecuada reflexión en torno del fenómeno. Coco Romero, coordinador del área “Circo, murga y Carnaval” del Centro Cultural Rojas, decidió programar por primera vez un mes destinado al Carnaval, que comenzó ayer y concluye el próximo 8 de marzo. “Con estas jornadas buscamos demostrar que el Carnaval es un gran firmamento, en el cual la murga es tan sólo una estrella”, dice Romero en la entrevista con Página/12. “Hay un montón de expresiones, como el gaucho disfrazado del padre Madariaga, o el diablito inocente del noroeste argentino, tan válidas y ricas, pero que no son tan conocidas en Buenos Aires”. Todas las actividades se realizarán en el Rojas, Corrientes 2038.
El telón de fondo de este mes destinado al Carnaval es el octavo aniversario de la publicación El corsito, un diario de distribución gratuita que reúne material de divulgación y consulta sobre el Carnaval del país y del mundo. Entre las actividades más destacadas –todas con entrada libre– se presentarán Los Quitapenas, murga nacida hace doce años en el Rojas (formada por veinticinco bailarines, diez cantantes y siete percusionistas), que llevan editados tres discos, y hasta se dieron el gusto de participar en un recital de Divididos. Romero recuerda esa experiencia como una gran ruptura. “Cuando entramos con la murga a Obras, más de cinco mil pibes estaban bailando. En ese momento sentí que algo se quebraba, que había una energía que corría con una fuerza tan grande que rompía todas las barreras sociales”. Romero sostiene que el rock ayudó a difundir la murga. “Lo que contribuyó ‘El tu-ta-tu-ta’, de los Decadentes para desparramar la murga en el país fue tan importante que ninguna tradición oral podría haber funcionado de la misma manera”.
Los Colifatos de la Llanura, de General Villegas, presentarán una versión murguera, tanguera y trágica de la novela Boquitas Pintadas, de Manuel Puig, dirigida por Jesús Pascual. Además, se podrá ver a Culebrón Timbal, el histórico grupo que combina música, poesía, comics y video; Clowns no perecederos (espectáculo dirigido por Cristina Martí) y La fiesta de la comunidad boliviana, entre otros. También se realizarán conferencias, mesas redondas, talleres y seminarios que tendrán como temáticas el Carnaval de Oruro, el diablo en la fiesta, raíces e identidad afroargentina, la experiencia de cirujeo cultural (a cargo de Mauricio Kartún, por su colección “Archivo Mascarita”), los jóvenes, las redes y las murgas, las grandes obras musicales de la historia (“Dos carnavales, el de Schumann y el de Saint-Saëns”), rituales de la fiesta mayor, música de tambores rioplatenses, entre otros temas. “Me hubiera encantado que Pedro Orgambide estuviera con nosotros”, confiesa Romero, que organizó un homenaje para recordar al escritor recientemente fallecido. “Me había encontrado con él para hacerle una entrevista, a propósito de un cuento que él había escrito, ‘La murga’, que se convirtió después en una obra de teatro. Orgambide iba a hablar de los intelectuales y el Carnaval”.
–¿Por qué creció tanto la murga?
–La democracia trajo nuevas instancias organizativas. Nuestro centro cultural es pos democracia. La murga generó un cruce de sectores sociales. Es un fenómeno que incluye elementos que revolucionaron el género, como el ingreso de la mujer y de los sectores medios, y esto provocó una explosión. Al mismo tiempo, los grupos de rock, en mayor o menor medida, le metieron mano a la murga, desde los videos hasta la música propiamentedicha. Esto funcionó como una caja de resonancia en todas partes del país. En cualquier ciudad importante hay murgas, porque la juventud tomó ese espacio como un ámbito propio de crecimiento y expresión. No creo que exista en la Argentina un movimiento tan interesante como el de las murgas que, si bien están fuera del circuito comercial, tienen una participación colectiva muy importante.
–¿Esta participación rompe con las fronteras del barrio?
–Sí, porque la tribu urbana es movediza. El barrio, como el que había en la década del 50, no existe más. Pero para ese imaginario juvenil perdura un barrio inventado. De repente, los pibes viajan una hora para ir a un lugar donde se sienten bien, para generar un espacio que les permita expresarse y con el que se identifican.
–¿Por qué en la Argentina el Carnaval casi siempre estuvo prohibido?
–No sólo aquí. En España, Franco lo prohibió durante cuarenta años. Si sobrevivió fue por la estrategia de muchos grupos que se desplazaron, se acomodaron. El Carnaval de Cádiz pasó a celebrarse con otra fiesta popular a mitad de año y por eso sobrevivió. El poder siempre le tuvo un poco de miedo a la calle. Sin embargo, la sociedad encuentra siempre modos de regular esta censura. El carnaval, como espacio que hereda rituales antiguos, en donde el rey y el esclavo conviven en un mismo terreno, es una idea que a muchos les debe provocar un poco de urticaria.
https://www.pagina12.com.ar/diario/espectaculos/6-16508-2003-02-12.html

Las murgas porteñas vienen marchando

http://www.revistacabal.coop/actualidad/las-murgas-portenas-vienen-marchando
Revista CABAL
Las murgas porteñas vienen marchando

Febrero 2015
Las agrupaciones de distintos barrios preparan sus espectáculos y sus trajes característicos para el carnaval. Entre la tradición popular y la polémica organización oficial. Juventud y desafíos.

En algún lugar de Mataderos, una piba con zapatillas de lona salta sobre la vereda. Revolea su pie sobre el asfalto, al ritmo del bombo y el redoblante. Lo hace durante varias horas, con otros 50 jóvenes que comparten su devoción por el dios Momo. Como ellos, hay centenares de pibes y pibas que cada año se preparan para bailar durante febrero en los corsos de Buenos Aires, en los que participan decenas de murgas porteñas.
Se trata de chicos que cuidan la levita con los colores de su agrupación con tanto o más cariño que la de sus clubes de fútbol; que aprenden a coser lentejuelas solo para hacer los apliques que los distinguen de sus compañeros; que se le animan a los firuletes de colores en las caras, sobre las barbas y a la tafeta (que se arruina con la espuma) en pleno calor de febrero. Pibes que paran en la esquina, porque la murga es un fenómeno barrial, no de calzado importado ni de festivales vendidos por un portal de Internet. Una pasión que, a fuerza de saltos, ensayos y funciones de fin de semana, destroza alegremente zapatillas.


La murga porteña no siempre tiene buena prensa. A diferencia de otros carnavales, cuyo colorido se pondera, cuya trastienda se muestra por televisión, rara vez los pibes humildes de los barrios porteños tienen una cámara que los enaltezca. La única trastienda que la mayoría de la gente ve, son los ensayos en las plazas que muchas murgas hacen a partir de noviembre o diciembre. Pocos advierten el esfuerzo que supone desfilar ordenadamente al entrar al escenario de un corso, o los ensayos necesarios para que los músicos suenen como un verdadero conjunto. Luego, como siempre, hay murgas mejores o peores, que gustan más o menos. La clave, aseguran los que saben, está en otro lado.
Detrás de escena
«Nosotros estamos en pleno ensayo desde octubre, viendo qué vamos a hacer», cuenta Ricardo Talento, director de los reconocidos Descontrolados de Barracas, una de las mejores murgas locales. Pertenecen al Circuito Cultural Barracas, un referente notorio del teatro comunitario argentino, y eso influye notoriamente en su propuesta. «Nuestro proceso creativo depende de qué queremos hablar cada año, nuestra murga toma una temática y la desarrolla», explica el director. «Este carnaval retomaremos un espectáculo de hace seis años: lo estamos modificando, porque hablaba de la xenofobia, el barrio, el miedo a las migraciones y cómo eso se ha ido acentuado. Vamos a ir por ese lado», completa.
Claro que no todos los murgueros están al pie del cañón desde octubre o noviembre. «Uno por laburo o por distintos motivos, tiende a correrse o priorizar otras cosas, pero ya en diciembre empezamos a aparecer todos otra vez», confiesa Pache, como la conocen sus compañeros de los Descontrolados. «Por un lado están los ensayos y por otro el cuidado del traje», explica. «Hay murgas que se lo plantean como identidad, todos tienen levitas súper preparadas y decoradas a las que les prestan muchísima atención. Otras lo dejan librado a la individualidad de cada murguero», agrega.
Los colores se comparten porque identifican al grupo, pero los apliques hablan del murguero. Hay personajes populares (casi siempre hay algún Clemente, una Mafalda), cuadros de fútbol (en la misma murga conviven escudos de equipos rivales) y hasta logos de bandas. «El traje es el espacio donde cada uno pone lo que le gusta, por eso hay mucho amor por la levita propia», define Pache.

Los de Barracas, cuenta Talento, normalmente recién salen en la segunda semana de carnaval, ya con el espectáculo afianzado y con la organización clara. Desde la asunción de Mauricio Macri como jefe de Gobierno porteño, las murgas peleaban cada enero por su calendario. En los últimos años, los corsos se redujeron a una treintena y no hay cronograma sino hasta último momento, pero esa situación parece haberse estabilizado.
Coco Romero, historiador y autoridad indiscutida en el país sobre el fenómeno carnavalero, advierte contra esta costumbre del Gobierno porteño. «Una buena fiesta no se puede organizar sin tiempo. Las cosas acá aparecen, pero para que funcione realmente bien, tienen que tener un tiempo de preparación», señala. «El resultado es que los carnavales de la ciudad no tienen mayor visibilidad, compiten con otros más organizados y estructurados», concluye.
Romero compara la estructura de los corsos porteños con las comparsas de Gualeguaychú, las murgas montevideanas y las megaproducciones de Río de Janeiro, tres espacios cercanos que funcionan muy bien para la industria turística y cultural. «Son fenómenos carnavalescos que han tenido un sistema de concursos importante», señala. Y lamenta que muchas murgas porteñas se queden en su función social, sin reparar en la importancia de sumar una propuesta artística. «A esta altura del partido, alguien canta bien o canta mal», critica. «Si no pasa que premiamos con un cachet importante a un grupo de afuera porque lo hace bien, pero no fomentamos a nuestros jóvenes a que lo hagan correctamente», sostiene. Romero es tajante: dejar las cosas para último momento perjudica la calidad del festival y menosprecia el esfuerzo de miles de jóvenes que se preparan con antelación para –en muchos casos– la única ocasión que tendrán de ser vistos como artistas por sus vecinos.
Cultura de la calle
Por sus características populares, la murga atrae a un montón de jóvenes y niños que rara vez encuentran un lugar en otras expresiones artísticas. Con su sede ubicada a cuadras de barrios carenciados, los Descontrolados suelen recibir a chicos humildes en sus filas. «A nosotros se acerca un sector del barrio que no viene para hacer teatro, un sector que con la murga sí se siente con derecho a participar», comenta Talento. En la murga –que al cabo cruza música, poesía, plástica y danza– muchos descubren otros intereses y luego se incorporan al teatro u otros espacios culturales del barrio.
«El arte sirve para la inclusión social», asegura Pache. «Pero la murga es más accesible, porque es la menos elitista: es una expresión de la calle, nace y se produce ahí. Entonces es mucho más fácil identificarse», dice. Murga, promete a los futuros húsares de Momo, baila cualquiera. «En los talleres uno busca transmitir eso: más allá de la técnica, de que tenemos que buscar un proyecto de calidad, murga podemos hacer todos. No hay casting previo. Y eso es inclusivo».
El murguista también pondera la solidaridad que se genera puertas adentro de cada agrupación. «¿No sabés coser un aplique? Alguien te enseña, te ayuda. Eso surge de la necesidad y de la obligación de compartir espacio con otra persona, de tener un mes al año donde prácticamente convivís entre ensayos y funciones. Hay murgas que incluso tienen la suerte de viajar y conocer otros lugares, eso te lleva a conocer otras realidades y siempre construyendo un proyecto conjunto, que te hace sentir parte de algo. Hoy por hoy, no es algo menor».
Para Romero, en tanto, la murga debe superar su mera función de espacio para desahogar penas y frustraciones. Al cabo, se trata de un hecho artístico. Algo que para él resulta tan claro, no es visto del mismo modo por otros exponentes del sector. De hecho, entre las agrupaciones hay desavenencias y distintas miradas de cómo debe ser una murga y cómo plantearse ante el hecho artístico. «La murga es de los jóvenes, de los pibes que van y ensayan con todas las pilas, más allá de algunos empedernidos», destaca Romero. «Esos jóvenes tienen que encontrar ese interesante lugar creativo. Y ahí hay una responsabilidad muy grande de nosotros, los veteranos, de convertir esa voluntad en un hecho creativo. Si solo es utilizada como contención social, la patinamos. Hay que tender puentes con la expresión: bailar, cantar, escribir».
En sintonía con Romero, Pache admite que la «murga es un espacio de contención y es buenísimo que lo sea, pero no podemos quedarnos en eso. Porque, al mismo tiempo, somos una expresión artística popular y tenemos que estar a la altura», desafía. «Si no vamos a seguir siendo eternamente el género bastardeado, al que nadie le presta atención porque parece que no hay nada bueno para ofrecer», subraya.
________________________________________
Andrés Valenzuela
Nota reproducción de Acción Digital Nº 1162

Los Caballeros del Caño en la Recoleta, 1989