domingo, 29 de noviembre de 2015

El renacer de la alegría murguera


El renacer de la alegría murguera
Entrevista realizada por el Periodista Hernán Scandizzo
Caldenia Domingo 28 / 10 / 2001
La Arena       La Pampa

Hace poco más de una década, al aproximarse el verano, el bombo murguero empezaba  a sonar en algún baldío, sociedad de fomento o club e barrio. Eran los pibes que, unos meses antes, se preparaban para el carnaval. Hoy en casi todas las plazas de Buenos Aires y en otras muchas de todo el país ese bombo murguero suena, sin importar la época del año, para la alegría de unos y fastidios de otros. Es que la murga ha gambeteado al carnaval y anda suelta por las calles.
Como Romero, es algo que tiene que ver con todo eso, algo sabe del tema. En 1988 lanzó la propuesta de realizar talleres de murga en el Centro Cultural Rojas, ahí, sobre la Avenida Corrientes, a pocas cuadras de Callao, en el corazón de Buenos Aires. Entonces la murga dejó el barrio y se fue para el entro, con el tiempo volvió pero ya no era la misma. Trece años después de que tiró la piedra, Coco no esconde la mano y habla con Caldenia
-¿Quién es Coco Romero?
- Esencialmente me pongo la palabra músico, porque, es la herramienta con la que de alguna manera entré en la murga. La investigación me acompaña prácticamente desde hace 20 años, de manera autodidacta, pero metódica al fin; y docente. Así que mi oficio anda dentro de la música, la investigación y la docencia.
-¿Te sentís responsable del fenómeno murguero?
-No, porque realmente sería una observación muy pobre de la situación, semejante dispositivo social es un complejo entramado de voluntades.
- Pero de alguna manera la murga necesitó del empuje que se le dió desde talleres como el tuyo.
-Sí, lo necesitó. Cuando nosotros en el 88 largamos  con la idea de taller de murga, había 10 murgas, ahora hay 150. Entonces algo pasó. Y después otras lecturas, que hacen a una cuestión sociológica de la ciudad, por ejemplo, cuando yo era pibe, si tocabas viola eras un raro y si hacías teatro un marica, era un grupo cerrado. Eso fue lo más difícil que se encontró en la estructura de la murga tradicional: amateurismo- fundamentalmente- y bohemia, que circulaba en dos meses concretos y que oficiaba como un espacio de juego de esos muchachos que la pasaban bien en el carnaval.
-¿Cómo reaccionaron las murgas de barrio cuando empezaron los talleres?
-Con misiles. Vos decías talleres de murga, y te decían loco, vos estás del… Éramos como las radios AM y FM, estábamos en otra sintonía. Además en los primeros años hice muchas locuras, como meter a la murga en el teatro (la obra “los indios estaban cabreros” estuvo en escena durante un año98/99- y fue galardonada con cuatro premios ACE). Había murgas que no querían actuar en invierno. Pero con los años se fue poniendo en caja, porque ellos se dieron cuenta que fue un trabajo que nos sirvió a todos. Me parece que esto movilizó y os tipos que la tenían olvidada la recuperaron. En un momento yo decía esta frase: “la murga es como una mina a la que los tipos trataron mal. Apareció un guacho y se la llevó. Ahí dijeron. Ah, está buena la gordita”. A la mina cuando la veían siempre en la casa no le daban bola, pero cuando vieron que se les iba, chau, se pusieron las pilas.
Si el taller no hubiera existido la murga seguiría, solo contribuyó a instalar el fenómeno en otro lado, a estar más a tono con lo que es la murga en el mundo. Porque la murga no es un invento porteño ni es un invento uruguayo, en todo caso tiene una paternidad española.
-¿Qué le cambió esta nueva murga a la tradicional?
-Una de las cosas qué me parece más interesante es que hubo una democratización y salió del patrón de la vereda, aunque esta nuevas estructuras tiene otros problemas. Es decir, en la murga que yo vi cuando tenía 12 años, el capo era uno, si te gustaba bien y si no también. Y ahora me parece más interesante, se establece otro tipo de conexión entre la gente. También la murga empezó a ocupar otros espacios más allá del carnaval. Por ejemplo se las ve en marchas de protesta. Eso ya es como un folklore propio de una cuestión, hay murgas en marchas y hay murga con (Marcelo) Tinelli…
-Pero la sacaron del contexto de los días de carnaval.
-En eso me detendría, no todo lo que trajeron los talleres fue lindo, porque también aparecieron cosas que... ahora cualquiera se pone una levita y es Gardel. Y pierde una especie de ritual que había antes, sencillo, pero ritual al fin.
-¿La murga conserva su esencia herética, de burla?
-Sí, la mantiene, pero lo que ha enamorado a los jóvenes es la danza. El baile hipnotizó y enamoró muchísimo, y no crecieron tanto las otras partes del discurso de la murga: la letra, el vestuario, la gestualidad, la gracia, la simpatía. Es una danza interesante, pero la realidad es que casi obedece a elementos primarios. La  vida transcurre de murga en murga y éste es un diagnóstico que veo constantemente: a los pibes les cuesta horrores valorara estos oros conceptos que son muy fuertes en la murga. Todavía no les termina de caer la ficha de que la murga hace uso de un espacio escénico y que el teatro está ahí, presente. Creo que esos son los años que faltan, pero sobre todo es el amateurismo que no permite el crecimiento.
Los pibes tiene en la mente una cosa que me resulta increíble, y es que valoran lo que pasa en otros lados:” ¡Uy, como cantan los uruguayos! ¡Cómo tocan!”. Pero no se dan cuenta de cómo ha sido esa dinámica. Uruguay es un país dónde hay concursos rigurosísimos, si vos cantas mal, cantas mal, no es que vas ir de malo a decir: “Yo soy capo de la murga, manejo a los pibes…”.
Cuando hago los talleres siempre alguien me dice: “si le sacas eso, le sacas la esencia”. ¿La esencia está en que sigamos tocando el bombo como Tula (bombista del ex presidente Carlos Menem)? ¿En que terminó el Tula? Teniendo una agencia de tocadores de bombo para los mítines políticos. Entonces una cosa es la fantasía y otra la proyección real de la murga, como género artístico, en una ciudad como ésta. Evidentemente se podrá seguir haciendo murga de barrio, para que este todo el mundo contento, pero ubiquémonos: la murga es un género artístico y en muchas partes del mundo se lo desarrolla como tal. Desde una cuestión muy for export como es en el Uruguay o con una fuerte connotación con lo propio, como en Cádiz, donde es un carnaval más sencillo y son laburantes quienes lo disfrutan.
-¿Más allá de todas las falencias que señalas, sin duda la murga es la expresión popular que mayor crecimiento ha tenido en la última década? Crecimiento que no ha tenido el rock, por ejemplo.
-Si, de todas maneras creo que hay como una lógica. En algunos artículos escribí: “el rock y la murga son ríos subterráneos que se tocan”. Así como el joven de clase media conoció a la murga del Uruguay por Jaime Ross cuando uno se acerca al fenómeno se da cuenta de que Jaime no es un murguero, es un músico que metió la murga dentro de su música. Y acá los grupos de rock y de pop, con fuerte llegada a la juventud, le han echado mano a distintos elementos de la murga. Sin darse cuenta de que quizá ese videoclip que era desparramado por todo el país iba planteando semillitas de murga en lugares impensados.
En Tuta Tuta Los Auténtico Decadentes y en Mal bicho de Los fabulosos Cadillac´s echaron mano a la murga, y esto desparramó una parte de ese discurso. Y ahora, cerrando el periplo Los Redondos (su último disco se llama Momo Sampler) en su poética, donde está muy claro el murguero como una entidad social, como algo más abarcativo.
-¿En qué lugar te llamó más la atención que se haya formado una murga?
-En la Patagonia, La murga Franca de Caleta Olivia, en santa Cruz. Me llamó la atención porque sopla un viento que no te deja caminar y los tipos bailan. También hay otra murga interesante en el sur es la Murga Guacha del Río Quemquentreu, de El Bolsón.
Pero bueno, es un ambiente medio especial, es casi lógico que exista una murga ahí.
En general lo que han hecho los medios de comunicación es que todos escuchemos cosas parecidas, y creo que es por eso que en todo centro urbano ha crecido la murga, esencialmente dentro de ese espacio. Después hay muchas experiencias sociales, murgas con chicos sordos, comparsas de gente que está encerrada por problemas de su azotea. Aunque me parece que ya son como cosas que hacen más a la participación y no es exactamente murga. Pero el Momo ha curado a muchísimas personas.
-En una década que se caracterizó por la atomización de la sociedad, las murgas transformaron las plazas en un espacio de encuentro.
-Sí, es llamativo, en todo el país. En la murga, además de la liberación del cuerpo, se dan roles de sociabilidad distintos. Mucha mezcla de gente de distintos palos, de distintos wines, expuestos en un baile de la calle. Y eso me parece que es lo interesante, respecto a recitales donde son guetos, lugares cerrados, oscuros, noche. Además en cualquier plaza puede brotar en un bombo.
-¿El carnaval menemista tuvo algo que ver con el desarrollo de la murga?
-Yo creo que sí en un punto, pero trato de tener un poco de cuidado con eso… Casualmente vi un artículo de Pág. 12 donde hablaban de las Murgas de Chupete, porque la Alianza, antes de subir al poder le dio máquina bárbara a las murgas y todavía no les pagó por su actuación en el carnaval pasado.
Las murgas de la ciudad están bajo el ala del Gobierno de la Ciudad (Autónoma de Buenos Aires) y para mí hay que repensarlo. Porque generan carnavales sin contenido y además se ha roto una dinámica de trabajo, de autogestión.
- Me refería al carnaval menemista, en cuanto a carnaval como tiempo de subversión de valores y significados, al tiempo en que las cosas no son lo que aparentan.
-Sí, y no cambió, el carnaval se instaló como un estado general.


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