lunes, 25 de enero de 2021

2015. Más allá de los bombos y platillos. Diario Clarín Ciudades po Judith Savloff


Gerardo Dell’Oro En el Rojas. Allí edita “El Corsito”, con ensayos sobre el Carnaval, hace 20 años.

Judith Savloff 
Clarín.comCiudades 

Más allá de los bombos y platillos 

Creador de talleres de murga del Rojas y de la publicación “El Corsito” que ahora cumple 20 años, Coco Romero advierte: El Carnaval no puede ser sólo eso: tiene que abrirse a todas las artes.

Cuando tenía 12 años, Coco Romero (59) fue con su tío por primera vez al corso de Avenida del Tejar y Monroe, y vio “ensoñaciones, cosas increíbles, cosas que jamás hubiera conocido sin el Carnaval”. Bombos, platillos, disfraces, papel picado, serpentinas. A un forzudo y a un hombre que se comía cincuenta huevos en vivo. Pero lo fascinó “la cultura de la decoración de las bicicletas que iba a parar a la cabeza de los murgueros”. ¿Cómo? “Eso: las galeras de los murgueros eran como altares, altares de cotillón barroco. Les ponían muñequitos y lucecitas, las calaveritas que se prendían y apagaban, cintitas, esos adornos que se usaban en la bici. Cosas así veías, de todo, hasta esas cosas rarísimas”.

Con sus amigos, siempre querían ir. “Nadie pensaba el Carnaval como oficial. Porque, además, para los pibes de barrio como yo, el corso fue el teatro, la música en vivo, la posibilidad de ir a espectáculos que no habíamos visto”.

Entró a Los Mareados de Belgrano R. “¿Sabés lo que era subirnos a un camión con techo hecho de palmeras y pasear por los barrios?” Estuvo un par de años y se fue a Colegiales, donde ensayaban Los pecosos de Chacarita, dirigidos por “Peligroso”, quien “vendía helados en un triciclo”.

“Estaba la dictadura de Onganía y la policía le pedía a los directores una planilla con nuestros nombres. Que si alguno denunciaba ruidos molestos, que si jodíamos … ¡Mis viejos no me iban a firmar eso!”

Cuando cumplió quince, su papá le regaló una guitarra. “Trabaja en una tintorería en Pampa y Arcos y pasaba por la plaza de Juramento y Zapiola, donde paraba la barra. Ahí estaba Botafogo, por ejemplo”.

La barra de los pibes fue otra escuela. “Aprendíamos de los de 18 sobre el levante, trabajo, aventuras. Y te sentías protegido”.

Por un tiempo, se olvidó de las murgas. Fue plomo de bandas. “A la plaza, venía uno y preguntaba: ‘¿Quién quiere salir con Pappo? ¿Quién viene con La pesada del rock and roll? Y ahí aprendí a tocar”.

Iba al secundario en el Roca y dibujaba. “En tercer año, un preceptor me dijo que fuera a Bellas Artes y me pasé a la Belgrano”. Dibujó más, “diez horas por día”, y expuso hasta en la galería Lirolay, mítico semillero.

En el 76 le tocó el servicio militar. “1976. Muy heavy, lo paso por arriba. Me acuerdo que un día llamé a Tommy Gubitsch –entonces guitarrista de Invisible, banda de Spinetta–. Eramos amigos del colegio. Estaba con la presentación del disco El jardín de los presentes en el Luna Park y ¡me dio una nostalgia!”

Cuando salió, se fue una pensión en San Isidro, donde se mudó Uki –Armando F. Tolos– y fundaron La Fuente. Empezaron a tocar en cumpleaños, fueron soporte de Spinetta, Los Redondos y, antes de separarse, en el 83, hicieron La pasión según San Juan en Vélez. En la dictadura, compusieron, por ejemplo, La verdad siempre vive escondida. “Tocábamos con quenas y cantábamos sobre los desaparecidos, la conquista, la pobreza y, al final del recital, pese a la prohibición del Carnaval, bailaba una murga de seguidores, que se armó espontáneamente”.

Entonces se empezó a reconectar con la infancia. Compuso Dónde fueron los murgueros: “Eo eo eo eo dónde fueron a parar./Y como un tiempo que pasó/y la alegría que quedó/colgada en un ropero”. Entrevistó a los viejos. Se fue a Salta –de dónde eran sus abuelos y donde nació–, pasó por una isla en Tigre –donde tuvo de vecina a la poeta Diana Bellessi, quien le escribió canciones– y volvió a la Ciudad.

En el 88 hizo el primer taller de murga en el Centro Cultural Rojas. Después fue a ver Leopoldo Sosa Pujato, el director. “La idea: rescatar a las murgas como espacios creativos de la cultura porteña”. De ahí salieron Los Quitapenas y otras. Pero como su proyecto siempre tuvo como patas lo artístico, la docencia y la investigación sumó El Corsito, “en homenaje al de Avenida del Tejar”, la única publicación de divulgación sobre el Carnaval del país que cumple 20 años y se despide del papel para migrar a internet. Todos los números se pueden leer en la web (igual que el libro Talleres de Murga del Rojas) y desde mañana a las 19 sus ilustraciones originales desde 2010 se expondrán en un Corrientes 2038, en un ciclo que incluye proyecciones y shows.
Hoy Romero es asesor de Culturas Populares del Departamento de Cultura Urbana del Rojas. 

–¿Qué le falta al Carnaval?
–No puede ser sólo murgas. Pondría coros, títeres, humoristas, teatro… Porque en una ciudad donde hay 250 murgas que desfilan una detrás de otra, es muy difícil cautivar a alguien. En el Rojas, proponemos los afroargentinos de Misimamba, la revuelta instrumental de Bombo al plato y Los Quitapenas, ¡no a tres murgas! Pero lo usual es comprar lo hecho, no apostar. En el lugar que quieras, le pagan 250 lucas a un grupo conocido y a los que se están formando, muchísimo menos. La murga está tomada como cuestión social pero los subsidios no bastan para que la gente diga vamos que está bueno. Hay que volver a abrirle la puerta a todas las expresiones del arte.

A otras cosas, capaces de deslumbrarnos, de devolvernos cierta inocencia, a esas cosas rarísimas.



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