El artículo reseña la presentación del libro "La Murga Porteña, historia de un viaje colectivo" de Coco Romero, realizada en el Centro Cultural Rojas.
Recuerda que el primer corso oficial de Buenos Aires se hizo en 1869 sin que hubiera crónicas de murgas. La denominación aparece recién hacia 1880. En 1884, un periodista ya advertía: "Esto va a ser una plaga". El autor retoma esa anécdota con una sonrisa, ya que en los últimos años la murga porteña se expandió como plaga.
El libro, editado por Atuel con abundante documentación
de textos y fotografías, indaga más de cien años de historia. Según explica el
propio Romero, la primera parte es de ensayo y aborda los posibles orígenes en
expresiones gaditanas mezcladas con influencias cubanas. Luego analiza las
influencias ya rioplatenses: la milonga en lo rítmico, el tango prostibulario,
el circo criollo y las agrupaciones humorísticas previas a la murga con esa
denominación.Por capítulos, el investigador se refiere a la murga
inmigrante, a la crítica social con la ironía instalada por José Podestá y su
personaje Pepino el 88, a las murgas humorísticas, a los centros murga y a los
talleres que comenzaron a funcionar en el Rojas en 1988.Varios capítulos están atravesados por testimonios y
homenajes a murgueros legendarios. Para la presentación, además de comentarios
del prologuista Ricardo Santillán Güemes y del autor, hubo murga en vivo.Romero y su grupo La Matraca - Romero a la derecha en la
foto de Fernanda Corbani - interpretaron viejos cantos y personajes como Nariz,
y rindieron tributo a músicos como Alejandro del Prado, que tomó elementos de
la murga para volcarlos en su música. También participaron bailarines como el
veterano Daniel "Pantera" Reyes y el joven Gastón Santamarina de los
Endiablados de Villa Ortúzar, y el cantor Carlos Paltrinieri de Los Inquietos
de Monte Castro. Se escucharon temas como "La murguita de Villa Real"
de Del Prado, ya clásico rioplatense, y piezas compuestas por Romero. El autor define el libro como una manera de cerrar una
etapa. El recorrido de la publicación termina en 1996, cuando los talleres del
Rojas dieron paso a la creación de murgas que salieron del centro cultural
hacia otros escenarios. El artículo concluye que la historia no terminó allí, ya
que el crecimiento del movimiento en la última década como expresión artística
que no depende únicamente del carnaval es comprobable. Lo demuestra la última
palabra que Romero escribió en su libro: "Continuará".
21 de julio de 2006
Mauro Apicella
LA NACIÓN
Coco Romero recordaba ayer, en el Centro Cultural Rojas, esta anécdota con una sonrisa en el rostro. Tal vez porque en los últimos años la murga porteña se expandió como plaga; tal vez porque él (investigador, músico y murguero) finalmente presentó un libro donde explora más de cien años de murga (desde su origen hasta las influencias y la evolución).
El libro de Coco -"La Murga Porteña, historia de un viaje colectivo"- es necesario para conocer el camino de esta expresión cultural tantas veces bastardeada. Sirve para que la palabra murguero no tenga acepciones peyorativas y para que el presente de estas agrupaciones devotas del carnaval se conecte de mejor manera con su pasado.
En esta publicación de editorial Atuel, con bastante documentación de textos y fotografías, se indaga en la conformación de la murga porteña y en sus posibles orígenes en expresiones gaditanas mezcladas con influencias cubanas ("en la primera parte hay bastante de ensayo", explicó el autor durante la presentación).
Luego, las posteriores influencias que tuvo ya instalada en el Río de la Plata: la milonga en el origen rítmico, el tango prostibulario, el circo criollo y las agrupaciones humorísticas que aparecieron antes de que surgiera la murga con esa denominación, entre otros elementos que se fueron sumando con los años.
Por capítulos, el investigador se refirió a la murga inmigrante, a la crítica social -con la ironía instalada por José Podestá y su personaje circense Pepino el 88- a las murgas humorísticas, a los centros murga y los talleres que comenzaron a funcionar en el Rojas, en 1988.
Varios de los capítulos están atravesados por testimonios y homenajes a murgueros legendarios. De ahí que para la presentación del libro, además de algunos comentarios que resumieron el material (del prologuista Ricardo Santillán Güemes y de Romero) hubiera un poco de murga en vivo.
Coco y su grupo la Matraca subieron para recordar viejos cantos y personajes como Nariz, muy queridos en el ambiente, y para rendirle tributo a músicos como Alejandro del Prado, que tomaron elementos de esta expresión para volcarlos en su música.
Todo un coro de carnaval
Bombo con platillo y redoblante, siete personajes que pusieron sus voces (el preso, la monja, pepino, el gaucho y el arlequín, entre otros) y Coco, que también puso su voz y su guitarra. Todos ellos fueron de la partida para colorear la presentación del libro junto a algunos invitados.
Porque también subieron bailarines como el veterano Daniel "Pantera" Reyes y el joven ricotero Gastón Santamarina, de los Endiablados de Villa Ortúzar, y un cantor como Carlos Paltrinieri, de Los Inquietos de Monte Castro. Después se escucharon temas como "La murguita de Villa Real", de Del Prado, que a estas alturas ya es un clásico de la música rioplatense hecha en Buenos Aires, y piezas que Romero escribió en distintas época de su carrera.
El relato de éste tiene datos y opinión y, según el autor, "fue una manera de cerrar una etapa". El recorrido de la publicación termina en 1996, cuando los talleres del Rojas dieron paso a la creación de murgas y esas murgas salieron del centro cultural para presentarse en otros escenarios.
Pero la historia no terminó ahí ya que sin hurgar demasiado se puede comprobar el crecimiento de este movimiento (incluso como expresión artística que no depende únicamente del carnaval) durante la última década. Las cifras lo demuestran, igual que la última palabra que Coco escribió en su libro: "Continuará".
Mauro Apicella

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